- Te amo.
Spencer suspiró:
- Yo también.
La comunicación se cortó, Spencer se apartó lentamente del teléfono.
- Nunca diga “yo también”- dijo Arroyo
- ¿Qué?
- Asentir siempre es un rol pobre… - prosiguió el gordo-. En el amor, en el odio, en la guerra o en los negocios vale la iniciativa: el que tira la primera piedra o dice la primera palabra delimita el terreno, tiene una movida más, como en el ajedrez: juega con las blancas… En la vida hay que intentar que a uno no le toquen siempre las negras…
- ¿De qué me habla?- reaccionó Spencer.
- Perdone, lo veo abstraído… - se disculpó el gordo-. Pero al oírlo hablar por teléfono pensé que hay relaciones en las que siempre es uno el que maneja el verbo, mientras el otro queda limitado al “también” y al “tampoco”. Y decía que asentir siempre me ha parecido un gesto pobre… Yo, al menos, siempre he pensado así…
- Yo también.

— Juan Sasturain - Los sentidos del agua.

Sí, las palabras vuelven. Todo vuelve, las cosas y las palabras avanzan en círculo, a veces atraviesan un mundo entero siempre en círculo, y luego se vuelven a encontrar, se tocan y cierran algo.

— Sándor Márai - El último encuentro.

- Acuérdese, joven: hay dos infinitos - dijo, subrayando cada concepto con un enérgico movimiento del índice izquierdo, como dirigiendo una orquesta -; infinito muy grande, infinito muy pequeño, usted en el medio; y dentro suyo, otros infinitos. Cada átomo cuerpo, pequeño planeta. No desalentar por cosas que pasan; vida continúa. Vida igual a mosquita curiosa, revolotea todos lados y mete nariz en todo. A veces mosquieta cae en telaraá. Eso bueno. Naturaleza. Ley. No bueno caer en telaraña propia.

— Mario Levrero - Dejen todo en mis manos.

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

— Roberto Fontanarrosa

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